Carlos
Herrera fue quien recomendó al gobernador del estado que interviniera ante Díaz
para resolver el conflicto, “evitando no solamente los perjuicios sino también
algún desorden que pudiera sobrevenir si la situación se prolongase por mucho
tiempo…” en efecto, confirmado su temor el paro se prolongaría por doce días
más; entre tanto, lo menos que pudo hacer fue recomendar a los rurales que no
hostigaran a los obreros: “al pueblo no se le toca” ordenaba.
Especialmente
irritadas andaban las esposas, madres, hermanas y todas aquellas que tenían
hombre o hijo que atender. Algunas de ellas, las de Río Blanco, habían sido
humilladas en la llamada “tienda de raya” de Víctor Garcín, quien además de
negarles crédito las ofendió. Garcín era un francés que en complicidad con la
empresa y con base en el robo a los obreros se había hecho rico en breves años;
era dueño de la tienda de raya” de Río Blanco, de El Centro Comercial en
Nogales, de nueve pulquerías repartidas entre ambas villas y de otra tienda más
instalada en Santa Rosa.
El presidente del gran Circulo de Obreros Libres de Río
Blanco, José Morales, salió profundamente desconsolado de la entrevista con el
presidente, sabía muy bien que el laudo no sería bien visto por sus compañeros
de la región de Orizaba. La tarde del sábado 5 de enero llego José Morales a
Río Blanco y de inmediato pidió a los representantes obreros que citaran a una
magna asamblea para el siguiente día, domingo 6, en el Teatro Gorostiza de
Orizaba, en el fin de dar a conocer dado al problema textil. Desde muy temprana
hora del domingo 6 empezaron a fluir por el camino real todos los trabajadores
de Santa Rosa, Nogales y Río Blanco, hacia Orizaba para reunirse con sus
compañeros de Cocolapan, Cerritos y el Yute. El teatro Gorostiza resulto
insuficiente para dar cabida a los miles de trabajadores reunidos, quedando la
mayor parte fuera del recinto, siendo vigilados de cerca por rurales y policías
que temían se suscitaran dificultades.
El
nuevo año comenzó y el domingo 6 de enero de 1907 el camino de las villas hacia
Orizaba se vio densamente transitado desde temprana hora por los obreros que
iban al Teatro Gorostiza, donde seria leído el laudo presidencial. El valle
entero era un largo desfilar de obreros que se dirigían, aislados o en grupo, a
la cabecera del distrito, ávidos de saber en qué condiciones retornaría. La
asamblea se inició a las diez de la mañana en el escenario del Teatro
Gorostiza, que resultó insuficiente para albergar a la multitud asistente.
En
medio del silencio y expectación general, José Morales empezó a dar lectura al
laudo presidencial; pero, cuando leyó la cláusula tercera que delineaba
claramente que cada trabajador tenía la obligación de llevar siempre una
libreta de Identificación Personal en la que se le anotaría su conducta y
capacidad por el administrador de la fábrica, se inició estruendosa rechifla y
la gritería de los trabajadores llamando vendido al presidente del Gran
Circulo […] se reunieron los más destacados y valerosos trabajadores aquella misma
tarde del domingo 6 de enero de 1907 para deliberar sobre lo conducente y
acordaron que ahora si la huelga seria por ellos y que nadie debería entrar a
trabajar. Después de largas discusiones se aprobó hacer un llamado desde ese
momento a todos los trabajadores de la fábrica de Río Blanco para que nadie
entrara a sus labores. Que supieran que los trabajadores del Gran Circulo
seguían perfectamente unidos y que protestaban contra el abominable laudo
presidencial que solo beneficiaba a los empresarios y reducía a la condición de
esclavos a los obreros textiles que ya no tendrían en lo sucesivo libertad
alguna para reunirse, protestar o exigir mejores condiciones de vida.
Cuando todo parecía indicar que la crisis de la industria
textil había llegado a su término, una chispa incendiaria y sangrienta mostró
el enorme caudal de odios reconcentrados que había tras ese conflicto. José
Morales, presidente del Gran Círculo de Obreros Libres, informó el día 6 a dos
mil obreros reunidos en el teatro Gorostiza de Orizaba, acerca de la resolución
presidencial, y dijo que en 15 días más el presidente Díaz concluiría el
reglamento definitivo. La mayoría aceptó el acuerdo, pero también fue
importante el número de los que protestaron contra él. La división que existía
entre los dirigentes obreros se agudizó. Morales encabezó a quienes se
mostraban partidarios de la paz, Rafaél Moreno y Manuel Juárez, presidente y
vicepresidente de las sucursales del Círculo de Obreros Libres de Santa Rosa,
encabezaron a los que se oponían al acuerdo.
José
Morales, recién llegado de la capital, después de una breve introducción,
inicio la lectura del laudo: el lunes 7 de enero todos los obreros debían
regresar a sus puestos, sujetos a los reglamentos vigentes al tiempo de
clausurarse las fabricas; a cambio, se prometía la introducción de varias reformas,
tales como la uniformación de salarios de acuerdo con los más altos, la
supresión de descuentos por concepto de médico, fiesta u otro fin, al igual que
de las restricciones relacionadas con la prohibición de recibir huéspedes en
las casas que alquilaba la compañía; estas y otras cláusulas, que eran las
primeras, favorecían a los obreros; más adelante, sin embargo, el laudo daba un
giro contrario y perjudicaba ampliamente a los trabajadores. Se establecía del
uso de libretas personales en las que el administrador anotaría conducta, laboriosidad,
eficacia y (seguramente, aunque el texto del laudo no decía) lo levantisco. Además,
la manifestación de sus quejas debía reducirse a un escrito que entregarían al
administrados, que tendría hasta quince días para contestarlo y al termino de
los cuales daría resolución a las quejas de los obreros, que en caso de no
quedar satisfechos podrían separarse del trabajo. Este articulo era redondeado
por otro que los comprometía a no promover huelgas, porque la manera correcta
de protestar era la de los mencionados escritos. Finalmente, se autorizaba al
jefe político de cada cantón para que ejerciera censura sobre quienes deberían
dirigir los periódicos obreros, a efecto de que no se publicaran doctrinas subversivas
que extraviasen a los trabajadores. Estos eran los principales del laudo.
Al
término de la lectura […] Se alzó una voz gritando: “que no se aceptaba el
reglamento, que primero mártires que esclavos” [...] Ciertamente el laudo les
daba concesiones a los obreros, pero les escamoteaba la posibilidad de hacer
huelgas y, junto a ello, dotaba de amplios poderes al jefe político y a los empleados
de las compañías, para que, por medio de libretas, calificaran lo mismo la
conducta cotidiana en el interior de la fábrica que su actividad
reivindicativa…. No se atacaba el problema de las tiendas de raya. No, el laudo
no era aceptable; perjudicaba particularmente al numeroso grupo disidente a
José Morales. Por eso Rafael Moreno y Manuel Juárez, dirigentes del GCOL de
Santa Rosa, fueron los que encabezaron la protesta con el Teatro Gorostiza
contra este intento del gobierno de poner coto a la creciente militancia de los
textiles del país.
El
lunes 7 de enero a las 5:30 de la mañana, cuando silbaron las fábricas de la
región, esto era penas un presagio; como de costumbre, como todos los días
hasta antes del paro, los obreros se sacudieron el sueño y emprendieron el
camino a las diferentes fábricas en medio de la oscuridad y del frió de la
madrugada. En la Santa Rosa se presentaron a las seis de la mañana la mayor
parte de los operarios; sin embargo, solo entraron los mecánicos, los del
estampado, las cuadrillas de peones y unos cuantos del departamento de hilados,
y ello en medio de la injurias y del rencor de los demás, que se habían
atrevido a no someterse al laudo a pesar del compromiso hecho por José Morales.
Lo que los animaba era un impulso primario, embrionario, de independencia de
clase.
La fábrica de Río Blanco lanzo al espacio sus agudos
silbatos y los obreros se arremolinaban frente a ella pero no entraban. Y no
solamente estaban los hombres, también las mujeres hacían acto de presencia
como Lucrecia Toris, Isabel Díaz y muchas más, las cuales llevaban tortillas
duras que arrojaban a los pies de aquel que hacia el intento de entrar a la fábrica
y además , recibía la rechifla y gritería general de los obreros… Solo unos
cuantos trabajadores lograron entrar. La inmensa mayoría estaba afuera gritando
vivas a México y Juárez y mueras al mal gobierno y a los explotadores
extranjeros. La multitud estaba enojada, llena de coraje, de odio contra todos
sus opresores y bajo ese estado de ánimo, alguien lanzo el rugido feroz de
¡sobre la tienda, compañeros! Y aquella muchedumbre compacta marcho al instante
sobre la tienda de raya del francés Víctor Garcín.
Los
trabajadores se presentaron en la fábrica de Río Blanco a las 5 y media de la
mañana del día 7; sólo se admitió a los mecánicos, albañiles y tejedores de los
telares secundarios; la mayoría de los hilanderos y tejedores empezaron a
gritar y a apedrear el edificio. Según otra versión, los dependientes de la
tienda del español Garcín se burlaron de los obreros y uno de ellos mató a un
trabajador; entonces se inició el ataque a la tienda. Diez rurales intentaron
someterlos al orden y fueron dispersados. Margarita Martínez encabezó con una
bandera a las hambrientas mujeres, resentidas porque Víctor Garcín se había
negado a prestarles lo que necesitaban. Ese extranjero tenía casas comerciales
en Nogales, Santa Rosa y Río Blanco; esta última, que ocupaba casi una manzana,
era la más importante del lugar; surtía a los obreros de ropa, lencería, pan,
abarrotes, carbón y pulque; fue destruida en el motín y las pérdidas se calcularon
primero en un millón de pesos y después en $ 200,000.
Fotografía de la tienda de raya retocada para simular el momento del incendio
[…] contrariamente al mito liberal, no eran los obreros más
rudos, sino los tejedores, la crema de los textiles, quienes se oponían a la
vanguardia de esta “huelga” doblemente riesgosa, por los antecedentes que le
predecían. Eran precisamente los obreros de la Santa Rosa, encabezados por
Moreno y Juárez, quienes según las autoridades eran los más “levantiscos e
insubordinados”, los que se mantenían firmes y se negaban a regresar a
trabajar. Al acuerdo de no entrar a la fábrica se disciplinaban la mayor parte
de los trabajadores, con excepción de algunos artesanos calificados y los
obreros del estampado, cuya difícil situación económica los hacia más proclives
a ceder a la política de las empresas.
Aquí,
como en el resto de la región, los obreros acudieron poco a poco a las puertas
de la fábrica. Pudieron entrar más o menos trescientos, pero después dos
hileras de mujeres se colocaron a ambos lados de la puerta principal
gritándoles a los que pretendían seguir entrando y romper la solidaridad
proletaria: “¡muertos de hambre!”, “¡sinvergüenzas!”, “¡miserables!”, así como
otras frases de mayor sonoridad, a las que agregaban vivas a México, a Juárez,
y gritos anti extranjeros de la multitud que se agolpaba a las puertas de la
fábrica y que cada vez crecía más con la llegada consecutiva de numerosos
obreros. Como el escándalo aumentaba, los porteros cerraron la puerta en el
mismo momento en que se escuchó el grito “a la tienda” y un contingente se
desprendió hacia la tienda de Víctor Garcín, que distaba unos cuantos metros de
la fábrica, frente al negocio hubo un incidente que culmino cuando un empleado
de Garcín descargo su pistola sobre los obreros, matando a uno de ellos. La
gente se enardeció aún más y se resolvió por el saqueo de la tienda, a la que
comenzaron a apedrear, rompiendo los vidrios del único aparador que había. Por
él se introdujeron unos cuantos que abrieron las puertas para que entraran los
demás e iniciaran el saqueo cargando cuanto podían, mientras los dependientes
huían despavoridos por la parte posterior y Garcín era ayudado a escapar. La policía trato de contener a los obreros
pero fracaso en su intento, entrando enseguida en acción los rurales, que
cargaron machete en mano. Más la multitud los reto vociferando: “adentro, no
sean cobardes”, y los obligo a retirarse bajo una lluvia de piedras. A la par
que algunos obreros le prendían fuego a la tienda, otros comenzaron a acarrear
comestibles, tercios de tela, máquinas de coser o de escribir, paraguas y
cazos, y varios más se dedicaron a ingerir ahí mismo el pulque y los licores
que en la tienda se expendían, ante la mirada expectante de los rurales que se
habían retirado y situado frente a la tienda.
Mientras
unos intentaban poner fuego a la fábrica, otros se llevaban la caja de caudales
de Garcín, y otros más libertaban a los presos de la cárcel y cortaban los
alambres de la energía eléctrica. A las 9 de la mañana se presentó una fracción
del 13° batallón; según un diario católico, dispararon hasta que los obreros,
"con insolencia inaudita", mostraron su resolución de hacerles frente.
Aunque algunos rurales se negaron a disparar, hubo 17 muertos y 80 heridos. Los
obreros se dirigieron entonces a Santa Rosa y Nogales, y saquearon las tiendas.
De regreso a Río Blanco, en la tarde del mismo día 7, instigados por Manuel
Juárez, incendiaron y arrasaron la manzana donde estaba la casa en que vivía
Morales, así como las de sus partidarios; Morales huyó a Atlixco. Fueron
aprehendidos muchos obreros a quienes se les encontraron mercancías de las
tiendas; otros más se escondieron en las malezas de Río Blanco; en las calles
de la fábrica se encontraron pasquines en que se incitaba a la violencia Las
familias de los empleados y propietarios se refugiaron en Orizaba. Mientras
tanto los obreros de la fábrica de yute saqueaban una casa de empeño, y eran
aprehendidos más de 80 trabajadores de la fábrica de Cerritos que
escandalizaban cerca de Orizaba, alarmando a esa población. Algunos obreros se
apoderaron de armas de las casas de empeño, y con ellas combatieron; llegaron a
dominar varias estaciones ferrocarrileras situadas entre Orizaba y Maltrata.
[…] el jefe político, Carlos Herrera, había sido sorprendido.
No se enteró de los acontecimientos sino hasta las 6:30, cuando por conducto de
la policía recibió un mensaje… dispuso que ensillaran su cabalgadura y ordeno
que avisaran al comandante de la policía que alistase la fuerza montada que
pudiera poner a su disposición, y 20 o 30 policías de a pie que deberían
transportarse en los coches del ferrocarril urbano. El personalmente se dirigió
al cuartel de San Antonio por algunas fuerzas del 13° Batallón, y después de
ponerse de acuerdo con el coronel Villareal, quien se comprometió a secundarlo,
salió a golpe hacia Río Blanco, seguido por una escolta de policías.
Espantado,
el administrador de la fábrica de Rio Blanco, señor Harkington se comunicó con
el administrador de Cocolapan pidiendo que entrevistara al Jefe Político y que
con urgencia mandara fuerzas armadas para sofocar a los rebeldes que amenazaban
la fábrica. El jefe político, Carlos Herrera, dispuso que la policía se
alistara para ir a Río Blanco en dos tranvías del ferrocarril urbano y pidió al
coronel Villarreal, comandante del 19 batallón, mandara también refuerzos y que
además protegiera a la ciudad de cualquier intento rebelde de los trabajadores
de la misma.
Una
acción efectuada por un empleado de la fábrica, que hirió a un obrero en el
interior del edificio, aumento más la agitación al llegar a oídos de los que se
encontraban en torno a la tienda. La noticia se transformó al pasar de boca en
boca y se oyó después que en el interior de la fábrica estaban fusilando obreros
y allá se dirigieron hombres y mujeres cargados de piedras… empezaron a
apedrear la fábrica, y eso hubiese ido aún más lejos si no hubieran comenzado a
llegar fuerzas de Orizaba… Fue un poco antes de las nueve de la mañana cuando,
procedente de esta ciudad, llego en los coches del ferrocarril urbano la
gendarmería y, enseguida, arribo un contingente del 13° Batallón, también
procedente de Orizaba, el cual se colocó cerca de la multitud pero sin
intervenir, por el contrario, en un impulso espontaneo de identificación de
clase, un grupo de obreros trato de fraternizar con ellos dirigiéndoseles
“palabras afectuosas” para ganarse su neutralidad amistosa.
Entusiasmados,
exasperados, enardecidos e inclusive borrachos algunos, los obreros se fueron
por la carretera empedrada hacia Nogales coreando: “Viva México”, “Viva Juárez”…
La muchedumbre, que ya ascendía amas de mil individuos, después de salir del
municipio se desbordo sobre la carretera llevando un retrato de Juárez; tomo
rumbo hacia otra casa de empeño, propiedad de Rafael Mateos, y de ahí saco
hasta los muebles de la casa. Finalmente se dirigió al Centro Comercial.
Establecimiento ubicado frente a la fábrica de San Lorenzo, y expulso a los
empleados, en su mayor parte españoles, sin herir a ninguno ni derramar sangre.
Al saqueo le siguió una quemazón que se propago hasta las casa vecinas. A esta
altura del camino, frente a la fábrica de San Lorenzo, a tropa alcanzo y diezmo
a los amotinados. Los soldados del 13° Batallón dispararon y mataron en el
momento a seis obreros y dejaron heridos a muchos más. Además, dispersaron a la
multitud y rompieron el retrato de Juárez que esta llevaba; las tentativas de
ganarse a los soldados habían resultado inútiles.
No
obstante, los obrero volvieron a reunirse al poco rato y enfilaron hacia Santa
Rosa. Sabían bien que este era un día demasiado esperado. No se podían detener
ahora que la ocasión de la justicia había sonado: “Seguimos después a Santa
Rosa, caminábamos… a gritos y cantando. Nos sentimos libres y dueños de nuestro
destino, después de tanta miseria y opresión. Parecía un día de fiesta”, recordaría
un protagonista años más tarde… Más atrás marchaba otro grupo encabezado por
Lucrecia Toriz, Mariana Martínez y Filomena Pliego. Toriz venia ondeando el pendón
tricolor del Circulo Recreativo Mutualista Morelos, y excitaba a la multitud
con “frases subversivas”. Detrás de estas corajudas mujeres venían los que
habían apedreado la fábrica que se quedaron rezagados; alguien grito, en su
trayecto de Río Blanco a Nogales, que los calabozos de y Nogales estaban
pletóricos de presos… y se dirigieron hacia el palacio municipal… por el retraso
con respecto al primer grupo, no sabían que los únicos presos encarcelados en
esa villa ya habían sido liberados. Por el contrario, ahí los esperaban, para
reprimirlos, los soldados del 13° Batallón bajo las órdenes del teniente
Dorado. Este oficial, para coronar su acción, agarro a sablazos a Lucrecia
Toriz, que venía de caudilla, hasta dejarla inconsciente.
Entretanto,
el primer contingente a punto de llegar a Santa Rosa se detuvo frente a la última
tienda de Nogales, El Puerto de Veracruz, de dueños españoles; y después de
prenderle fuego entro a Santa Rosa, la tercera villa fabril. Allí serían alrededor
de las diez de la mañana cuando el alcalde vio llegar, según su propio testimonio,
“un grupo de más de 500 hombres armados en su mayoría con pistolas, carabinas,
machetes, puñales. Hachas y otros instrumentos, y se dirigieron desde luego a
la tienda El Modelo, propiedad del mencionado señor Garcín […]”.
Como
a las doce de la mañana llego el capitán Oscaranza con 50 hombres del 13° Batallón,
y poco después el jefe político acompañado del coronel Villareal y 100
elementos más del cuerpo de infantería. La multitud optó finalmente por volver
sobre sus pasos a Nogales. Ahí, en la llamada Curva de nogales, nuevamente
serian víctimas de las descargas de los soldados. Para resguardar la fábrica de
algún posible atentado, se quedaron en Santa Rosa el Capitán Oscaranza y 50
soldados que se colocaron en las inmediaciones de la puerta y en las azoteas de
los almacenes de algodón.
[…] salió
un vagón especial del ferrocarril, que había entrado en la fábrica para sacar a
las mujeres y los hijos de los principales empleados de la compañía, lo que excito
aún más a los obreros que gritaron injurias al paso del tren: estas fueron
contestadas por alguien que iba a bordo, a lo que la muchedumbre replico con
una andanada de piedras […] los centinelas apostados en la fábrica apuntaron a la
multitud, la cual, lejos de amedrentarse, apedreo a los soldados con más
fuerza. La beligerancia en ascenso fue detenida, finalmente, cuando se oyeron
tres toques de corneta y los soldados comenzaron a disparar sobre los obreros.
Dramáticos
momentos vivía Río Blanco y la región fabril en esa violenta mañana del 7 de
enero de 1907. Los trabajadores textiles se habían rebelado contra el
Presidente Díaz al no aceptar su ignominioso laudo que solo favorecía al
patrón, reduciendo a la condición de paria al obrero […] Los soldados se tendieron
en línea para no dejar pasar a los obreros hacia Santa Rosa y dispararon sus
armas matando a muchos y haciendo que se dispersaran los demás. Pero, a pesar
de todo, muchos llegaron hasta Santa Rosa donde ya los esperaban sus compañeros
de esa fábrica y ahí también prendieron fuego a la tercera tienda de raya
propiedad de Garcín.
Teodoro
Chumacero, fabricante de Río Blanco, se entrevistó con Manuel Nava, presidente
de la sucursal del GCOL en la fábrica de Santa Gertrudis, para convencerlo de
que incitara a los obreros a abandonar el trabajo. Lo consiguió a las 4:30 de
la tarde, y de inmediato a un grupo de obreros partió rumbo al centro de
Orizaba encabezados por Manuel Nava, quien llevaba una bandera mexicana y excitaba
a sus compañeros. Cuando llegaron al empeño de Eugenio Stadelman, lo encontraron
cerrado; no obstante obligaron al encargado a que les abriera: entraron en
tropel y en el instante en que apenas se estaban apoderando de los relojes,
armas y otros objetos, llegaron grupos de gendarmes que lograron controlarlos.
La más
intensa cacería de que se tenga memoria en nuestra región se inició a partir de
ese momento. Los rurales recorrían los callejones y lanzaban sus cabalgaduras
contra cualquier persona que transitara en los mismos, disparando sus armas
sobre cualquier individuo que creyeran era trabajador textil; eran viles
asesinos a las órdenes de Villareal.
A
la una y media de la madrugada se detuvo
un tren en Santa Cruz, jurisdicción de Nogales, en l llegaba el subsecretario
de Guerra, general Rosalino Martínez, con dos compañías del 24° Batallón… Los
soldados actuaban con la brutalidad ordinaria que utiliza un gobierno autocrático
para aplastar un movimiento social. Los habían traído al vale a reprimir una
revuelta y eso hacían; lo mismo asaltaban los cuartos cateando, que sacaban a
los heridos ocultos en sus casas, para llevarlos a un viaje sin regreso, o
dejaban a los deudos sin su cadáveres. Se detenía a docenas de sospechosos y se
buscaba con especial avidez a los militantes destacados; la cacería se
prolongaba hasta el amanecer, mientras bajaban las cuerdas de presos a Orizaba,
que se cruzaban con los tranvías cargados de soldados que no dejaban de hacer
el recorrido de Orizaba a Santa Rosa por la llamada línea peligrosa. Por si no fueran
suficientes las fuerzas, el 8 de enero llegaban de Veracruz los coroneles Joaquín
Mass y Felipe Mier con 200 hombres, y al día siguiente vendrían 40 rurales de Tehuacán,
Puebla, bajo el mando de coronel Víctor Meraz.
Hubo
varios encuentros de los manifestantes rebeldes contra las tropas y rurales,
imponiéndose desde luego la fuerza armada de la soldadesca porfirista. Sin
embargo, la actitud rebelde de los trabajadores del Gran Circulo de Obreros
Libres de Río Blanco fue una protesta contra la dictadura imperante y logro que
el país se sacudiera y despertara de su letargo… el cuadro más sublime teñido
con la sangre de obreros mexicanos, los precursores de las Revolución Mexicana
que 3 años después había de estallar para derrocar definitivamente a la
dictadura porfirista.
Mayor
alarma causó al día siguiente el rumor de que los amotinados pretendían
destruir la instalación hidráulica y el alumbrado público de Orizaba; la
tranquilidad llegó cuando se supo que 800 infantes, 60 rurales y 150 policías
locales guarnecían la ciudad.
En
el amanecer del día 9, mientras los silbatos de las fábricas del distrito
volvían a llamar a los obreros […] se llevaban a efecto las ejecuciones
ejemplares que la plutocracia porfirista había ordenado. Manuel Juárez y Rafael
Troncoso eran fusilados frente a El Modelo en Santa Rosa; a unas decenas de
metros, pero ya en el territorio de Nogales, caía Rafael Moreno, en el Puerto
de Veracruz; otros tres obreros no identificados fueron masacrados en El Centro
Comercial; en Río Blanco, en lo que había sido el gran almacén de Garcín, era
acribillado otro más. Reprimidos a sangre y fuego, los obreros tenían que
aguantar todo, incluso que varios de sus líderes más consecuentes fueran
fusilados en el momento mismo en que ellos se encaminaban de nuevo al encierro
fabril.
En
las primeras horas del día 9 un grupo de amotinados se presentó en forma hostil
en Santa Rosa; cinco fueron muertos, entre ellos Rafael Moreno y Manuel Juárez.
Según otra versión, Juárez y Moreno fueron aprehendidos, y se ordenó su
fusilamiento en las ruinas de la tienda de Santa Rosa para escarmiento de los
obreros. Se mandaron quitar las banderas tricolores colocadas en las puertas de
las casas como protección contra posibles ataques. Ese mismo día 9, muy
lentamente, se reanudaron las labores: 13 obreros trabajaron en
Cocoloapan; 125 en Cerritos, apenas poco más de la quinta parte del total; y en
Río Blanco sólo la tercera parte de los 3,000 obreros de esa fábrica.
Ya
el día 11 las labores se reanudaron con mayor número de obreros; a Cocoloapan
asistieron 72 de los 105 que normalmente trabajaban en esa fábrica; a Cerritos,
103; en la fábrica de yute trabajaban 800, y para esta fecha asistieron 650; en
Mirafuentes faltaron 20 de sus 145 trabajadores; en Río Blanco asistieron
2,520, de un total de 2,841; en Nogales, 748 de 935, y en Santa Rosa, sólo
1,345 de 2,137. De un total de 7,083, reanudaron las labores 5,512; el resto
huyó; "unos" fueron muertos o heridos, como comentó El Imparcial. También
se ocultaron algunos orizabeños de elevada clase social que habían defendido la
huelga. Todavía en los últimos días de enero fueron detenidos 118 hombres,
mujeres y niños, por habérseles encontrado objetos de la tienda de Garcín; con
este motivo se temieron nuevos disturbios. Por algún tiempo permaneció una
guarnición de 600 soldados y 200 rurales en las fábricas orizabeñas, en
previsión de nuevos desórdenes.